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¿South Beach? ¡Y un cuerno!

 

Por: Manuel Páucar

Publicado en: El Independiente (Seattle, WA)

 

 

                Según un gran amigo mío, en South Beach no hay gente fea. Sólo hay tremendos mujerones, y tipos to’os forráus. Es algo así como yo solía burlarme de la serie televisiva Baywatch:

                -Es la única playa en el mundo donde está prohibido ser feo.

                No obstante, hace poco hice mis paseos por South Beach, aprovechando un viaje inminente a Miami. Hay todo un mito en derredor de tal sección: que si los ricos y famosos, que si los restaurantes chic, que si Susana Jiménez, que si Ricky Martin, que si Juana la cubana… es decir. Hubo una presentadora de televisión en algún país de sudamérica cuyo nombre no quiero recordar, quien dijo que sólo la gente que es alguien va a Mango’s de South Beach.

                Y yo que soy un tremendo desmitificador, además de ser un tremendo cualquiera, y no un mentado alguien, me dije: de cabeza al Mango’s.

                Así fue.

                Pero antes que nada, hay que llegar. Conduje en mi auto alquilado –que avanza muchísimo mejor, y más suave que mi destartalado BMW guardadísimo en Jacksonville-, por la I-195 cuando me vi falto de gasolina. Felizmente hubo una estación de gasolina hacia donde giré muy lógicamente. A lo lejos pude ver a un grupito de jóvenes sentados alrededor de un carro. Como era tarde de noche, y estaban las calles desiertas, llené el tanque lo más pronto posible, repitiéndome el famoso mantra de sereno moreno, que no vean que tienes miedo, te subes al carro, y te vas volando, aunque aún no hayan inventado los carros voladores.

                Por más mantras y oraciones al ángel de las bolas de oro, un homeless se me acercó. Me indicó que a los chicos se les reventó la llanta, que su gata no servía, y que si pudiera ayudarles.

                ¡Ja, yo ya me conozco el viejo truco de la gata! Nica que les iba a ayudar.

                Entonces, vi que lo que no vi. En realidad, eran todas adolescentitas las pobres a las que se les ponchó la llanta, y que eran ellas –más bien-, las que estaban en peligro de extinción ya que no era uno, sino dos homeless quienes las “ayudaban.”

                Raudo y veloz como en los malos poemas, terminé de llenar el tanque del carro, y me acerqué adonde ellas.

                -¿Problemas?

                -Se nos reventó la shanta, y la gata no sirve, ¿nos puede ashudar señor, por favor?

                -Por favor, no me diga señor, que me hacen sentir viejo. Me llamo Manuel.

                Lo que no les conté hasta este momento, es qué clase de auto era el de las pobres niñas.

                Era un BMW Serie 3 convertible; de aquellos que adoro y que jamás podré tener. El auto de mis sueños.

                En fin, todo canchero, fui y les dije que tengo gata, y que además les puedo ayudar, ya que conozco de estos carros. Dicho y hecho, lo levanté con la invaluable ayuda técnica de mis asesores homeless.

                Entonces, llegó la policía.

              Un patrullero se detuvo frente a nosotros, y preguntó quiénej éramoh, de dónde veníamoh y pa’onde íbamoh.

                Yo, Tarzán, pensé.

               Aunque no fui tan burro, y le dije que estaba de paso por la ciudad, y que estuve ayudando a las pobres chicas –argentinas, nada más y nada menos, y estaban como pepa de mango-, viendo el estado en que estaban, a tan altas horas de la noche.

                Aquel oficial –entonces-, nos advirtió que nuestros compañeros homeless eran nada más ni nada menos que delincuentes, y que tuviésemos mucho cuidado. Los mandó a rodar de la manera más elegante; tal y como lo hacen los buenos oficiales de policía miamense que hablan inglés como gringo y español como cubano.

                En fin, sigamos, me dije al tiempo en que no me decidía si admirar al auto, o a las muchachas solas en medio de la noche en el lugar más sexy del mundo.

                ¡Bah! Se portaron muy bien conmigo, no cedieron ante mis indirectas de irme a tomarme un trago con ellas. Me mandaron derechito al Mango’s.

                -…porque tenés que ir, ¿eh?

                Y el blanco y descapotable BMW desapareció en la noche, mientras parado estuvo el huevón del carro alquilado haciéndoles adiós con la mano.

                De cabeza al Mango’s. Ni modo.

                Pero South Beach no es Mango’s, ni Mango’s es South Beach. Tampoco es el barrio superlujoso de balneario superlindo con luminarias y Hollywood incluido. De eso sí hay; de art decó también. De que hay mujerones y tipos to’os forraus, los hay. También los hay de los que se tragaron el cuento de que todo quien es alguien se va al Mango´s, y al verlo llenecito, se iban a las imitaciones que no son malas, ni distintas.

                Entré sintiéndome Marc Anthony, pero me faltó mi Jennifer López. Sereno moreno, que no hace falta. Eres Marc Anthony pero en versión soltero. Es decir, más feo que nunca.

                En la barra me pedí un martini que me salió un ojo de la cara y sin contar impuesto. El bartender lo agitó hasta que se convirtió en el trago más aguado de mi vida. No le echó la habitual aceituna, el muy…

                -Disculpe, pero el martini lleva aceituna.

                ¡Splosh! No fue una, sino tres aceitunas las que me lanzó en el trago.

                -Disculpe-, dije con cara de no te voy a dar propina, huevas, -pero el martini sólo lleva UNA aceituna.

                Saqué las dos que sobraban, dejándolas solas y extraviadas encima del mostrador, mientras un borracho donjuanesco observaba la maravilla de las aceitunas que rodaban y rodaban como piedra en el camino y ranchera que ni en pelea de perros tocarían en el famoso Mango’s. No señor.

                Ahí era la onda latina, con salsa, merengue, rock en español, pop, bailanta y bachata. Hubo bailarinas que también eran bartenders, con ropajes que cubrían lo que no cubrían. Bailaban en una coreografía de lo más sexy, al mismo tiempo que los clientes emparejados. Era una competencia de quién destilaba mayor sexualidad; y mi martini superaguado y supercarísimo no ayudó en nada a sentirme superhombre, ni en creer en supercherías.

                Con sabor a aceituna trunca en la boca, me fui a caminar por los caminos de South Beach, invocando a un Miraflores imposible hasta que llegué a un kiosko de hotdogs operado por un peruano mitad libanés. Es interesante cómo cuando menos se quiere hablar, más le hablan a uno. En mi caso, el señor de las salchichas me regaló una Heineken mientras conversábamos de la vida y sus inmigraciones. Comí dos hotdogs antes de volverme al hotel con más desazón que un bistec de restaurante de camionero.

                Entonces, una bellísima mulata –ya mayorcita ella-, me guiñó el ojo, y me sonrió con malicia.

                ¡Uy, acá las cosas cambian…!

                Entre el coqueteo de la madrugada en ciernes, y el peso de mi desconfianza más martini, aproveché el descuido de su majestad empolvándose para pedir otra cervecita.

                -Ni lo pienses, compadre. Ella es de las peligrosas. Siempre la veo por acá. Mejor vete en un descuido,- aconsejó sabiamente el libanés que era mitad peruano.

                -Gracias, hermanito. Me salvaste la vida.

                Así, aprovechando el momento de atarme un zapato, me hice humo encendiendo un cigarrillo y si te vi no me acuerdo. Al carro llegué, al carro subí, y en el carro me adentré a las oscuridades de un Miami que me dejaba al South Beach detrás, sintiéndome más cualquiera que nunca, habiendo estado en el lugar donde se es alguien; al menos por una noche.

San Juan, Puerto Rico

Febrero de 2005

 

Copyright © 2005 Manuel Páucar

Reservados todos los derechos.

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