Es una joda estar bloqueado
Es una joda vivir con el síndrome de la página en blanco.

Writer’s block. Cómo lo detesto. Verán, el síndrome de la página en blanco nos puede joder la vida a más de uno. Nunca se sabe cuánto tiempo durará. Lo único cierto es que existe, y le puede tocar al más pintado. Para sobrellevarlo, hay que tener un temple de acero, ser algo suicida y algo masoquista. Porque escribir se convierte en una necesidad cuasi-fisiológica, el escritor que no escribe permanece en uno de los peores estreñimientos posibles: el creativo. No hay Ex-Lax que valga. No escribes porque no escribes porque no escribes; porque no escribes.

Es una jodienda y media.

El famoso Nóbel Ernest Hemingway sufrió de este mal durante sus últimos años. Según dicen algunos de sus biógrafos, primero murió él, y luego se suicidó. Aunque, es verdad que a él le tocó la impotencia sexual, la recomendación prohibitiva de volver a beber, y el saberse entrado en años, sin el vigor de su juventud. Su vida, tanto como su obra, fue de una intensidad atroz. Vivir o morir. No habían medias tintas.

Es ahí que cuando no podemos escribir, estamos en esas medias tintas de considerarnos narradores, y no dar pie con bola. En mi caso, me tocaron cuatro años en que no pude escribir nada de nada, salvo poemitas refritos para enamorar, con el desparpajo de andarme repitiendo a mí mismo una y otra vez. Para algunas personas, era el poeta ideal y sensible. En mi fuero interno, era un farsante.

Y no hay peor farsante que quien no puede engañarse a sí mismo.

Anduve bloqueado durante cuatro años, y arrastré mis medias tintas por lo largo y ancho de Lima. Mi teoría más feroz es que para escribir hay que vivir; y hacerlo con intensidad casi suicida. Así lo hice. Viví, comí, bebí, amé, forniqué, y viajé como un loco y descosido. Aproveché cada instante para tatuarme vivencias, cada una más inverosímil que la otra. Pero no escribía. No me salía nada. Ni una coma, ni una diéresis a lo que creía era un punto final.

En algún momento pensé que ya estaba acabado, que la literatura no era lo mío, que todos tenemos un tiempo de expiración, y que lo mío fue tan sólo una racha de jovencito imberbe y adolescente. Con esa realización, me lancé a la amargura de seguir viviendo, pero ya no tan suicidamente. Me entregué a la rutina de abrir una empresa, anudarme la corbata e ir al banco.

Fue entonces que cuando menos lo esperé, salieron los primeros trazos de una novela. Ni busqué ese comienzo, ni abrigué ninguna expectativa. Tan sólo llegó. Como buen sibarita de la vida, aproveché el instante para subirme al vagón literario una vez más, y viajar por las rutas de la tinta en pixels. Sí, volví a escribir.

Y la lección que saqué de todo esto es que no importa cuánto dure aquel estreñimiento creativo. Lo que vale es aprovechar la racha literaria cuando nos toca; navegarla como quien asume una marea y viento favorables. Desempolvar al escritor olvidado fue mi mejor manera de enterarme que por más bloqueado que estemos, debemos cultivar la calma en ese interim. Vivir y gozar, entonces, se ha vuelto en un destino inevitable cuando no escribo ya.

Lima, Perú
Enero de 2011

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