Es difícil hablar sobre la inspiración.

Es difícil hablar sobre la inspiración.

Ésta es una de esas preguntas truculentas que jamás sabremos cómo responder bien. Recuerdo haber leído a la poeta polaca Wislawa Szymborska, quien dijo que la inspiración llega a aquellos quienes ejercen aquello que les apasiona. La inspiración no está tan sólo circunscrita a los artistas; ésta subyace en toda profesión que se ama. Eso es lo que pude concluir.

Pero, aún así, nos llega la pregunta majadera de ¿qué es la inspiración?

¿Qué rayos es? ¿Y por qué me lo preguntan a mí?

Yo tan sólo puedo hablar acerca de mi propia y humilde experiencia. Como escritor, jamás podré decir que he llegado a mi cúspide, y que haya podido dominar mi oficio en su cabalidad. Es más, me atrevería a afirmar que estuve varios años desaparecido del entorno literario. Por tal, mi voz podría ser la menos autorizada para intentar describir un fenómeno que es algo menos que sobrenatural.

Pero, atreverme debo. Una vez que pude sentir qué es aquel influjo que nos aspira hacia las inconmensurables alturas de lo diáfano, no hay vuelta atrás. Soy un acólito más que intentará contar aquello de lo que muy poco sabe, pero que relata con una entrega parecida a la fe.

La inspiración no es una cosa que se compre, ni que se palpe, ni que se coloree. Yo la siento siempre como una energía que nace desde mi pecho, y se expande hacia abajo y hacia arriba. A veces me nubla la vista, otras veces me cosquillea el cerebro, y en otras me arma un nudo de corbata en la garganta.

Inspirarse es emocionarse. Es una alegría imposible de concebir, pero que al mismo tiempo no llega a ser contentura. Es devoción, es enviciamiento, es empecinamiento y la realización de descubrir algo nuevo en sí mismo. Una vez que llega, no hay más vuelta que darle; hay que hacerle caso y ser un puente desde lo divino a lo terrenal.

Mediante lo inspirados que llegamos a estar, canalizamos una obra que nunca fue nuestra, y que al momento de plasmarla, ya no nos pertenece. Una vez hemos creado algo engendrado desde las profundidades del útero cósmico de la inspiración, aquello se convierte en patrimonio de la existencia misma.

Jamás seremos dueños de lo que hemos progeniado. Una vez salido de nuestro ser, cobran vida propia en el mundo. Y es mejor así. Es demasiada responsabilidad asumir el rol de dioses cuando nos aquejan demasiadas dudas humanas, aquellas que nos eluden del estado de gracia.

Lima, Perú
Noviembre de 2010

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