Escribir requiere de un santuario
Escribir requiere de un santuario

Si hay algo de cierto, es que un autor necesita un santuario para poder escribir. Es decir, siempre se requiere de un sitio en específico dónde sentarse para entregarse a ese fenómeno llamado inspiración, y llenar hilera tras hilera de frases que tengan algún sentido coherente. Los hay de todos tipos, de todos tamaños, de todas preferencias. Lo importante está en que sea lo más estimulante posible para que el escritor pueda encarrilarse en su faena literaria.

Porque estamos ahora hablando del oficio en sí, y de sus herramientas como tal. Pueden ser un juego de bolígrafos y una libreta, una laptop, una Remington, o lo que sea… lo esencial está en tener con qué escribir, para empezar.

Cada escritor tiene sus hábitos en particular, lo cual nos dice mucho acerca de qué tan personal es aquel acomodamiento a la hora de crear. Hemingway fue conocido por escribir de pie, con su máquina puesta encima de los tomos más gruesos que pudiese encontrar. Proust, por otro lado, redactaba echado sobre almohadones.

Yendo a cuestiones más nuestras, habría que empezar por el entorno más inmediato. ¿Escritorio o mesa del comedor? ¿Habitación cerrada, o compartida? ¿De día o de noche?

Una vez decidido aquello, están los elementos transitorios. Hay novelistas que se buscan ayudas visuales, tales como fotografías, adornos, souvenirs, o lo que sea que los lleve directamente hacia su mundo literario interno. Luego viene la música, si es que se desea. En mi caso particular, confieso que me gusta escribir de oído, y que varias de mis obras nacieron de un fluir musicalizado.

Existe aquel estereotipo del escritor que bebe licor mientras escribe. Los hay también de los que fuman marihuana y/o demás drogas para ensalzar su escritura automática. En el momento de la creación, tengo la más profunda convicción de que la mente debe estar lo más sana posible. No obstante, cada artista es dueño de su verdad.

Por último -y esto es lo más importante-, está la soledad.

Todo autor que busca ejercer su oficio de manera responsable sabe que hay que escribir a solas. Éste es un factor que -lamentablemente-, no muchas parejas, familiares, allegados entienden. Por eso se le llama santuario al lugar físico donde un escritor se sienta a endulzar sus musas.

Escribir es en sí un hecho mágico en el cual se busca materializar aquello que se mantuvo intangible por tanto tiempo. Por ello, cada escritor tiene la necesidad y la obligación de tratar su arte como si fuese una feligresía personal e íntima. Escribir sería una manera de apelar a ser ermitaño; para luego divulgar lo escrito a los cuatro vientos, fruto de aquel ritual tan privado, como lo es el de convertir fantasías en palabras.

Lima, Perú
Noviembre de 2010

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