Los diálogos dan vida al personaje.
Los diálogos dan vida al personaje.

Una parte importante en la elaboración de los personajes son los diálogos. Es decir, qué voz asignarle a una persona ficticia en nuestra obra. No es suficiente el hecho de haber compuesto los elementos claves descriptivos de dicho sujeto. Éste tiene que cobrar vida, y lo mejor es que hable por sí mismo.

Ciertamente, para muchos narradores es intimidante el hecho de asignarle un modo de hablar a sus personajes. El temor más común radica en que ningún escritor quiere que sus diálogos suenen impostados, falsos, acartonados y plastificados. Para ello, un recurso bastante útil es el hablar en voz alta, y buscarle el habla al personaje mediante juegos de modulación de voz, agrandamiento de la boca, soltar la lengua, pronunciar lentamente y apresuradamente, utilizar jergas, motes, muletillas y barbarismos.

-To’o ej báli’o cuando se ejtá creando un personaje, ¿veldá?
-Pero, por supuesto que desde luego que sí, mi bro’er. ¿O cómo es la nuez, pues?
-Po’que, hay qu’ir le’endo en voj alta to’o lo que tu vaj ejcri’iendo, ¿vijte?
-Pa’ la merfi, mi bro’er.

Aunque, es cierto que no debiéramos exagerar TANTO, la idea es ésa.

Y a mí que me gustan las exageraciones, también me gusta que los personajes se presenten por sí mismos en vez de uno hacerlo. Uno de los errores más comunes entre los narradores jóvenes es el de terminar cada frase dialogada con un dijo, habló, respondió, explicó, replicó, gritó, comentó, y demás et céteras.

-Pero, ¿cómo tú estás?-, dijo él.
-Muy mal-, respondió ella.
-¿A qué te refieres-, inquirió nuevamente.
-A tu mal aliento-, sentenció, brutal.

Utilizar dichas terminaciones tienen dos efectos adversos. Uno, que limitan la expresión del diálogo a esa descripción del ánimo. Dos, que cortan aquella fluidez que debiera tener una conversación de verdad.

-Pero, ¿cómo estás?
-Muy mal.
-¿A qué te refieres?
-A tu mal aliento.

Less is more, es una máxima en el mundo de la moda.

No hay nada más cierto cuando tratamos de escribir una conversación entre dos o más interlocutores. El diálogo tiene que hablar por sí solo. Si el intercambio de palabras está bien hecho, la misma discusión tendrá el peso y la intensidad necesarios para lograr darle ese dramatismo necesario a la narración.

Por último, un diálogo tiene que mostrar una interacción necesaria y relevante para la historia. Ahorrémonos el trabajo de saludar con un:

-Hola.
-Hola. ¿Cómo estás?
-Acá muy bien, ¿y tú?

A lector le puede importar un comino todo aquello. Lo que quiere la gente es un diálogo eficaz, relevante, al punto y sin rodeos. Aún sin quererlo, lo va a necesitar, porque en sí es una parte esencial para darle vida a la obra.

-Anoche no pude dormir.
-¿Por qué?
-Porque no quería soñar de nuevo que te estaba matando.
-¿Cómo era ese sueño?
-Mi sueño siempre comienza conmigo hablándote sobre cómo yo no podía dormir anoche…

Lima, Perú
Setiembre de 2010

Anuncios