Encontrar un derrotero puede ser desafiante.
Es un desafío hallar un derrotero.

Uno de los mayores desafíos que tenemos los escritores en común es hallar esa primera frase con la cual empezar a escribir. Podemos tener la idea, el concepto, el esquema de la narración, los hechos bien apuntalados, toda la investigación hecha y derecha, entre tantas parafernalias… pero, a la hora de la hora, siempre nos asalta esta pregunta: ¿cómo empezar?

Hay veces en que la historia comienza a contarse por sí misma, como si abriéramos las válvulas de una represa, y toda la narrativa sale fluyendo a manos llenas. En tales casos, cada uno de nosotros se halla en aquella maravillosa aventura de jugar a ser domador de potros salvajes, y aprendemos a encauzar el relato sobre la marcha.

No obstante, existen ocasiones en las cuales nos sentamos frente a la pantalla en blanco, y no sucede nada. Pasan los minutos que se convierten en horas, y por más que tengamos aquella historia rondándonos la cabeza, no encontramos la manera de dar ese primer paso, ese pitazo inicial del partido, ese lanzarse a la piscina luego del disparo.

Según algunos narradores, no es necesario empezar a escribir desde el principio. Eso nos quita un enorme peso de encima. Podemos dar la puntada inicial desde el medio, si queremos; desde la escena que más nos provoca escribir. Esto es importante, porque al tener algo plasmado sobre el papel, ya en sí es una materialización esencial de nuestra creación.

Habiendo hecho esto, hemos apuntalado las bases de la inspiración para así hacer crecer nuestra obra hacia adelante, atrás, o hacia los costados, si queremos.

Otro truco está en describir las circunstancias más banales de la historia al principio; es decir, comenzar con el entorno, el lugar, el clima, la hora del día, et cétera, antes de presentar al personaje. Es como pintar un cuadro, dirían algunos.

He conocido escritores quienes son afectos a hacer hablar a sus personajes primero, y se empecinan en trabajar los diálogos desde el principio. La conversación entre los protagonistas hacen que uno se obligue a materializarlos de lleno.

Lo que más vale, de éstos y tantos otros trucos disponibles para el autor, es que estos derroteros sean consistentes con ese fenómeno místico/emocional que algunos llaman inspiración a la hora de crear. No importa qué tan genial pueda parecernos el comienzo de nuestra narración; si ésta no se siente bien, o no nos convence, es lo mismo que nada. Porque, si no estamos seguros al cien por ciento de que estamos dando los pasos correctos, la misma historia que tenemos dentro se irá marchitando en el camino de la desilusión, ya que la narrativa se escribe en borrador, y sin mayores correcciones.

Si las oraciones iniciáticas no nos dan luz, vamos a estar tentados a quererla editar, y de corrección en corrección llegaremos al umbral del desencanto; y por más buenas intenciones que hayamos tenido al principio, la creación literaria habrá naufragado, y habremos perdido una hermosa oportunidad de sacar al mundo un poco más de nosotros mismos.

Lima, Perú
Agosto de 2010

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