Las preocupaciones no deben ser detrimento para escribir
Los momentos difíciles no deben ser obstáculo.

Comenzaré con la perogrullada de que a todos nos ocurren situaciones adversas, difíciles, trágicas, jodidas y calamitosas. Éstas no debieran ser impedimento para mantener el ritmo de una producción literaria.

No obstante, es fácil sentir que el mundo se nos cae, que la existencia no tiene razón de ser, que en medio de toda esa vorágine de eventos desafortunados, el escribir es tan sólo una tontería, un vano oficio, un hobby improductivo. Solemos caer en la tentación de creer todo aquello cuando la gente de nuestro entorno empieza reclamando tiempo, pidiendo que seamos objetivos, y que nos dejemos de hacer idioteces, a tu edad.

Para una gran mayoría de personas, es difícil comprender el oficio éste de sentarse a redactar todo aquel universo interno. Si fuese una escultura, una pintura, una sinfonía… ahí sí que nos dejaban en paz. Pero, algo tan anti-visual, algo que a simple vista no es tan aparente, no es lógico. Sentarse a teclear es sinónimo de trabajo de oficina, no el de armar cuentitos e historietitas que son largas, aburridas e incomprensibles.

Entonces, ¿cómo mantenerse productivo durante el transcurso de una crisis?

Recordemos que -ante todo-, somos escritores, y éste es nuestro oficio. Como tal, es imperante tratarlo como un trabajo cualquiera, y mantener objetivos de producción, aunque nos cueste. Lo mismo haríamos en caso de ir a la oficina, al turno en el restaurante, o a dictar clases.

La función debe continuar, y las metas diarias tienen que cumplirse, caiga nieve o se reviente la goma del coche. No importa.

Si hay que luchar de día, existen las noches para escribir, mencionó alguna vez Antoine de Saint-Exupéry cuando se le preguntó si seguiría escribiendo al haber sido asignado a un escuadrón de aviones P-38 durante la Segunda Guerra Mundial. A mi juicio, jamás una afirmación tuvo tanta relevancia en mi oficio de escritor como aquella.

Si hay que lamentarse y/o sufrir de día, existen las noches para escribir, me atrevo a aseverar a cuenta y riesgo. Con esto, vuelvo a trillar mis palabras en que todo tiene su tiempo, inclusive el mantenerse fiel a un oficio que para otras personas pudiera parecer inútil.

Allá ellos.

Y aunque tengamos el corazón estrujado, los pies congelados, el radiador hecho añicos, o la cuenta de cheques sobregirada, nadie nos quita aquella misión tan sublime que es la de hilar historias llenecitas de verdades universales. Aunque reventemos.

Lima, Perú
Agosto de 2010

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