Parecer no es ningún consuelo
Parecer no es ningún consuelo

A menudo la gente me pregunta acerca de mi estilo al escribir: ¿A quién te pareces? ¿Como quién escribes? También he conocido autores en ciernes que me comentaban que querían que sus obras tuvieran algo de Borges, algo de Cortázar, o algo de García Márquez.

Debo admitir que en mis años de escritorcillo joven e imberbe también caí en la tentación de buscar parecerme a algún autor consagrado. Ultimadamente, muchos de los que escribimos empezamos siendo inspirados por alguna obra en particular, quedamos embelesados por la magia que es hilada por el autor de turno, y queremos ser parte de todo aquello.

Me gusta siempre referirme un tanto generalista e irresponsablemente a un ejemplo emblemático: que antiguamente, los aspirantes a la literatura pugnaban por escribir el próximo Don Quixote de la Mancha, y se esforzaban en crear absurdos y cosmos ficticios y darle a la locura un hálito de romance; pero luego vino el inolvidable Cien años de soledad, y los jovenes narradores cambiaron sus aspiraciones para inventar Macondos y realidades mágicas. Asímismo, el común denominador para miles de autores son los best-sellers, ese truculento Santo Grial que ha sido responsable de más de un fracaso, y más de una colgada de toalla.

Pero, volviendo al tema del estilo, el valor de un escritor no radica en parecerse a otros. Siendo emulador, uno termina siendo exáctamente eso: un émulo, una imitación, un remedo.

Es cierto -no obstante-, que el narrador/poeta/cronista/novelista/cuentista/et cétera debe leer, y mucho. La lectura y relectura son elementos importantísimos para la formación de un autor. No obstante el estilo, éste debe salir de la voz propia de quien escribe.

Para ello, hace falta comenzar con un diálogo interno y honesto consigo mismo. ¿Cómo es que quiero contar esta historia? ¿Desde qué ángulo podría yo enfocar un tema tan usado y remanido como lo es una decepción amorosa?

La ventaja de esta época moderna es que hay mayores libertades para la experimentación respecto a estilos, formas y estéticas. Esta libertad también es una desventaja, ya que para poder ejercitar un estilo novedoso, es necesario haber leído y conocido a nuestros predecesores, en una lenta formación, reformación y deformación de un estilo que se parezca más a nosotros mismos que a los demás.

La premisa es sencilla, luego de tanta palabrería: ser y no parecer.

Cada autor es responsable de nacer y cultivar su propia voz narrativa/poética como si fuese una planta. Jamás se sabe exactamente cómo y cuándo es que germina; tan sólo sale. Y esto conlleva práctica, paciencia, experimentación, lecturas y más lecturas.

Pero, cuando llega el momento glorioso en que un escritor encuentra su estilo, éste nunca lo dejará ir, ya que se convierte en una parte integral de su persona, de su personaje, de su personalidad.

Por eso no me gusta cuando me dicen que te pareces a fulanito o a menganito al escribir. No me he pasado casi veinte años desarrollando un estilo para que luego me digan que me parezco a Terrence Oaks, por ejemplo.

No, nada que ver. Y pido otro whisky para ver si se me quita el mal sabor.

 

Lima, Perú
Agosto de 2010

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