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Los restaurantes de los caminos me llenan de tanta fascinación. Cada día es una expectativa de jamás ver las mismas caras. Sin embargo, los rostros y figuras se repiten a lo largo del camino.

Las cervezas siguen siendo las mismas, y los ritos de la barra se repiten.

Un bistec distinto para cada noche, y una velada que nos recuerda que el compañero de al lado se irá más allá al norte que nuestro destino.

El bistec, la cerveza, la anonimidad de firmar la cuenta y dejar un rastro pequeño de nuestro camino son aquellos sabores que se esfuman cuando encendemos el motor, y nos adentramos nuevamente a la carretera.

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