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  A veces, cuando la estadía es más larga, me gusta alquilar un automóvil y perderme un rato por la ciudad.

Recuerdo Miami, y sus interminables contrastes de ciudad de primer mundo tan plagada de tercermundismo en cada vuelta mal dada. Es una metrópoli que nunca duerme en algunos de sus más hermosos vericuetos. Y es tan intensa; tanto como para dar miedo, especialmente si nos perdemos alguna vez por los barrios de jamaiquinos y cubanos.

Comer, entonces, es una pequeña tregua que nos damos, para compartir un poco de aquello que no es nuestro, y que queremos adoptar dentro de un cosmopolitismo de perdernos un poco lo que fuimos.

Recuerdo Jacksonville. Las carreteras que asemejaban inmensidades rurales, con sus letreros tan auténticos y estereotipados hasta el delirio. Ahí también podía ver las pequeñas alegrías y tragedias del día al día, cuando de noche cerraban los negocios, uno a uno. Me gustaba mucho ver escenas como el de alguna bella muchacha sureña con uniforme de mesera subiéndose a su coche, luego de acabar su turno.

Pude haber llegado horas antes, y ser atendido por ella. Pudimos haber conversado. Pude haber perdido un poco de tiempo en ganarme de historias para enriquecer mi curiosidad de viajero.

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