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Recuerdo Montevideo.

Era una ciudad tan como Miraflores. O quizá quise que fuera así para consolar mi alma de errante y exiliado en una urbe tan familiar y tan entrañable. Así -dormida y delirante-, me abría los pasos de veredas y exhalaciones por tantas plazas.

La rambla interminable, entonces, era algo así como mi metáfora de quien regresa a un sueño del que conservamos imágenes como instantáneas.

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