San Juan de noche es una ciudad bellísima. Es de una belleza dormida, latente, excitante. El calor que emana de sus calles me recuerdan tanto a una mujer dormida. Aquella calma me incita a caminarla, recorrerla –quizá-, en automóvil, circundando las carreteras una y otra vez, como si estuviera en una búsqueda de algo que no puedo hallar.

Y es verdad que jamás hallé aquello que inútilmente buscaba.

Pero, era hermoso poderse adentrar hacia las luces de la carretera, de las calles y negocios dormidos. Era como ingresar en un mundo solitario y extraño.

San Juan era totalmente distinta. Como cuando la paz llega en un momento que no esperamos, y sólo queda el silencio ocasional de una ciudad que se guarda secretos. Nosotros tan sólo podemos aspirar a navegar con la maravillosa certeza de ser parte de aquello que nos devora.

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