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Recuerdo aquella hermosa canción de Toad the Wet Sprocket -de su álbum Dulcinea-, en el cual se refería metafóricamente al Caballero de la Triste Figura. El título es Windmills; y recién hace poco menos de un año atrás me di cuenta de su significado al re-visitar esa pieza en formato mp3 (gracias a que le presté el CD a una amiga hace años y nunca me lo devolvió (yo también te quiero, Nina)). Raiding windmills, o persiguiendo (en)sueños, quimeras, locura y media en una tierra siempre mítica.

No sé, pero siempre que escuchaba esa canción, me imaginaba una enorme pradera llena de lomas y pasto verdecito; bien chévere y bucólica la nota. Por esos días en que la oí por primera vez -en junio de 1995-, leía The Time Machine, del fabuloso H.G. Wells. Debió ser una jugada de mi imaginación, o no sé qué.

A la música siempre regreso, como fiel enamorado del perseguir ensoñaciones; tanto como irse de lanzasos contra un molino de viento, con toda la alegría heroica de ser consecuente de sí mismo.

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