
Los restaurantes de los caminos me llenan de tanta fascinación. Cada día es una expectativa de jamás ver las mismas caras. Sin embargo, los rostros y figuras se repiten a lo largo del camino.
Las cervezas siguen siendo las mismas, y los ritos de la barra se repiten.
Un bistec distinto para cada noche, y una velada que nos recuerda que el compañero de al lado se irá más allá al norte que nuestro destino.
El bistec, la cerveza, la anonimidad de firmar la cuenta y dejar un rastro pequeño de nuestro camino son aquellos sabores que se esfuman cuando encendemos el motor, y nos adentramos nuevamente a la carretera.
Este lunes volví a detenerme a la vera de un camino para comer en uno de esos lugares ruteros. Como estaba en la mitad de la Península del Sinaí, todo lo que rodeaba a esa pequeña población era desierto. Sentí que me reencontraba con otros viajes anteriores.
Tengo una pregunta ….